Buscador y Directorio SUD HemisferioSUD: julio 2012

martes, 24 de julio de 2012

Los anteojos del abuelo
Mi abuelo amaba la vida - especialmente cuando podía hacerle una broma a alguien. Hasta que un frío domingo en Chicago, mi abuelo pensó que Dios le había jugado una broma.
Entonces no le causó mucha gracia. Él era carpintero. Ese día
particularmente él había estado en la Iglesia haciendo unos baúles de madera para la ropa y otros artículos que enviarían a un orfelinato a China.
Cuando regresaba a su casa, metió la mano al bolsillo de su camisa para
sacar sus lentes, pero no estaban ahí. Él estaba seguro de haberlos puesto ahí esa mañana, así que se regresó a la Iglesia. Los buscó, pero no los encontró.
Entonces se dio cuenta de que los lentes se habían caído del bolsillo de su
camisa, sin él darse cuenta, mientras trabajaba en los baúles que ya había cerrado y empacado. ¡Sus nuevos lentes iban camino a China!. La Gran Depresión estaba en su apogeo y mi abuelo tenia 6 hijos.
Él había gastado 20 dólares en esos lentes. "No es justo" le dijo a Dios
mientras manejaba frustrado de regreso a su casa. "Yo he hecho una obra buena donando mi tiempo y dinero y ahora esto". Varios meses después, el Director del orfelinato estaba de visita en Estados Unidos. Quería visitar todas las Iglesias que lo habían ayudado cuando estaba en China, así que llegó un domingo en la noche a la pequeña Iglesia a donde asistía mi abuelo en Chicago. Mi abuelo y su familia estaban sentados entre los fieles, como de costumbre.
El misionero empezó por agradecer a la gente por su bondad al apoyar al orfelinato con sus donaciones. "Pero más que nada", dijo " Debo
agradecerles por los lentes que mandaron. Verán, los comunistas habían
entrado al orfelinato, destruyendo todo lo que teníamos, incluyendo mis
lentes. ¡Estaba desesperado! Aún y cuando tuviera el dinero para comprar otros, no había donde. Además de no poder ver bien, todos los días tenia fuertes dolores de cabeza, así que mis compañeros y yo estuvimos pidiendo mucho a Dios por esto. Entonces llegaron sus donaciones.
Cuando mis compañeros sacaron todo, encontraron unos lentes encima de una de las cajas". El misionero hizo una larga pausa, como permitiendo que todos digirieran sus palabras. Luego, aún maravillado, continuó: "Amigos, cuando me puse los lentes, eran como si los hubieran mandado hacer justo para mí!,
¡Quiero agradecerles por ser parte de esto!". Toda las personas escucharon, y estaban contentos por los lentes milagrosos. Pero el misionero debió haberse confundido de Iglesia, pensaron. No había ningunos lentes en la lista de productos que habían enviado a China. Pero sentado atrás en silencio, con lágrimas en sus ojos, un carpintero ordinario se daba cuenta de que el Carpintero Maestro lo había utilizado de una manera extraordinaria.

Cheryl Walterman Stewart

La imagen de Jesús

Una vez una profesora quiso dar una clase a sus alumnos sobre Jesús. Como buena pedagoga, empezó hablando de Jesús, sin decir su nombre, esperando que los alumnos adivinaran de quien estaba hablando.
 
Empezó diciendo:
Os voy a contar la historia de una persona muy bondadosa, que nació muy pobre, de tal modo que ni siquiera los vecinos se enteraron de su nacimiento. Nació por ocasión de un largo viaje de sus padres. Como era pobre, nadie les acogió, ellos tampoco tenían dinero para irse a un hotel. Tuvo que nacer en una choza abandonada, quizá una cabaña de pastores, que guardaban el ganado en la montaña, donde se refugiaban cuando venían a la aldea.
 
Después este niño creció y aprendió el arte y el oficio de su padre que era carpintero. Fue ayudante de su padre hasta ser un joven maduro… Todo el mundo le conocía como el hijo del carpintero.
 
Cuando tenía edad para casar, en vez de echarse una novia, empezó a preocuparse de tal manera por los demás, sobre todo por los pobres, que se olvidó prácticamente de la profesión y vivió sólo preocupado por ellos. Hablaba de Dios a las personas con las que se cruzaba por los caminos, se detenía junto a los enfermos, les cuidaba las heridas, consolaba a los tristes y desanimados, buscaba las ovejas perdidas para conducirlas al redil y comía con la gente sencilla; le veían muchas veces en compañía de pecadores y de gente de baja reputación, incluso comía con ellos. Todos le querían mucho y era una alegría escucharle. Decía cosas que iban directas al corazón de la gente.
 
Iba todavía por la mitad de la historia, cuando un niño interrumpió a la profesora y, con desparpajo, le dijo: yo sé quién es, yo sé quién es esa persona.
 
La profesora sintió una enorme recompensa con la intervención del niño y quiso darle la oportunidad de que mostrara sus conocimientos de catecismo. Entonces el niño respondió sin titubear: es el sr. Armando, vive en mi barrio, yo le conozco muy bien.
 
Era eso exactamente: el sr. Armando reflejaba a la perfección los rasgos de Jesús. Era como su retrato.
 
Creados a imagen y semejanza de Dios, estamos llamados a ser la imagen de Jesús. Hoy tenemos quizás demasiados textos y pocos retratos.
La sinceridad de los árboles

El árbol que se planta en los cementerios es el ciprés, porque sus raíces crecen totalmente en vertical y así no levantan el terreno ni representan peligro para las tumbas.
Y es que los árboles son así: lo que vemos en la superficie es similar a lo que esconden bajo tierra, la forma en que crecen sus ramas es fiel reflejo de las raíces que lo soportan. Así es el ciprés, la vid, el olivo. Así son todos los árboles, siempre y cuando no hayan sido modificados, podados por el hombre... así son en estado natural...pero no la raza humana.
Si pudiésemos fiarnos de la imagen que aparentan las personas, todo sería mejor. Los retorcidos no podrían resquebrajar la Tierra tan alegremente ni constituirse en peligro y perturbación de los demás. Ay. si todos tuviéramos buenas raíces, si fuéramos más sinceros y mejor arraigados…